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09.08

VILLA MARÍA, CÓRDOBA

07.05.2020 Vida y Estilo

Lyon, la ciudad de los murales

Por esas cosas del destino, y de decisiones que toman los hijos, el pasado verano nos encontró, a mi señora y a mí, en Europa, es decir en invierno, yendo a visitar a Sabrina y Julián. No había tomado fuerza aún el Coronavirus, y acababa de establecerse el 30% de impuesto a todo gasto realizado en el extranjero, por lo que la consigna familiar era reencontrarnos, caminar mucho, recorrer, y... ¡nada de compras!

El punto de reunión fue Barcelona, y luego, los cuatro, nos fuimos a recorrer Roma y París. Pero en este relato me voy a centrar en lo que fue la última parte del viaje: Montlucon, en la campiña francesa, y Lyon, de la que me habían hablado maravillas, pero puedo asegurar que se habían quedado cortos.

Montlucon es una pequeña ciudad de alrededor de entre 40 y 50.000 habitantes, en la región de Auvernia, allí viven los chicos, una comunidad tranquila, donde nadie pero nadie habla el castellano, donde no hay turistas, pero tiene los encantos de tantos pueblos medievales, su casco histórico, su andar cansino, un hermoso lago y un arroyo que pasa por el patio de su casa.

Luego de una semana allí, decidimos alquilar un coche y partir con Sonia y Sabrina -Julián debía quedarse por su trabajo- hacia Lyon. Eso implicaba recorrer unos 300 kilómetros, lo cual nos serviría para tener un vistazo de la campiña y de los bosques que allí abundan.

Lo primero a sortear fueron las cargas de combustible (todo es autoservice) y atravesar los peajes, donde tampoco hay un humano a la vista. Pulsar botones, pasar tarjetas de crédito, renegar un poco, tratando de habituarse al “primer mundo”, todo respetando a rajatabla las velocidades máximas. ¡Las multas son carísimas! El paisaje en todo el recorrido es hermoso, con suaves ondulaciones y mucho verde a pesar de la época.

Llegamos a Lyon al mediodía, dejamos los bolsos en el hotel, y a caminarla. Su fisonomía es un tanto extraña, la surcan dos ríos, muchísimos puentes, de uno y otro lado, uno no deja de maravillarse, mezcla de arquitectura moderna con antigua, callejuelas, peatonales, zonas comerciales distintas y variadas, todo con ese aire francés, tan distinguido y cosmopolita, donde convergen todas las razas y donde como en toda Europa, cada vez se ven más asiáticos.

Fueron dos días intensos, de descubrir cosas, como la Iglesia de Notre Dame de Fourviere, en la colina, desde donde se domina la ciudad, que nos encantó y me arriesgaría a decir que es la más bella de todas cuanto vimos en Europa. Muchos murales, arte callejero de altísimo vuelo, bueno no en vano se la conoce como “la ciudad de los murales”. El que se ve en la foto, el “mur des canuts”, dicen es el mayor fresco del viejo continente, con 1.200 metros cuadrados, y se repinta cada diez años, pues va reflejando distintas épocas del barrio, plasmando en la pintura su evolución. Fantástico.

Otro lugar impactante son las ruinas romanas de un anfiteatro, construido en el siglo 15 a.C., también en la zona de la colina, con una vista espectacular que invita a sentarse en las gradas e imaginar algún espectáculo de aquella época. Y como está dicho que es ciudad de contrastes, también nos dimos una vuelta por la Confluence, una zona alejada del centro con unos edificios un tanto extraños, un cubo verde y otro naranja, de arquitectura ultra moderna.

Es muy bella Lyon, la recomiendo. Ciudad que rebosa cultura y paisaje. Especie de París más chica, más manejable. Por ahí no está dentro del circuito más convencional del turismo europeo, pero vale la pena dedicarle un par de días.

Raúl Costa

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