Un espacio de contención y luz
En Villa María, un equipo interdisciplinario trabaja diariamente para abordar una de las problemáticas más complejas de la actualidad: los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). Se trata de Alba, un centro especializado que nació de la necesidad de dar respuesta a una demanda creciente y que, tras cuatro años de trayectoria consolidada, se ha convertido en un referente no solo para la ciudad, sino para toda una amplia región que incluye localidades como Río Cuarto y Bell Ville.
La génesis de Alba está marcada por la vocación y la experiencia personal de los profesionales. Florencia Ruggeri, especialista en pediatría y adolescencia, relata que la idea surgió ante la saturación de consultas en el ámbito privado. “Tenía la idea de armar algo en equipo desde hace mucho; en mi adolescencia perdí a una amiga por anorexia y eso me marcó”, confiesa. Tras convocar a colegas y formar un primer grupo de trabajo, el crecimiento fue tal que decidieron fundar su propio espacio físico.
Un nombre con identidad
El nombre del centro no es casual. Anabel Colunga, especialista en psiquiatría infantil y juvenil, explica que buscaban una identidad que refleje su misión: “Alba es el primer rayo de luz antes de que salga el sol. Creemos que somos esa esperanza para los pacientes y sus familias, el paso previo a que recuperen sus vidas más allá de la patología”. Anabel y Florencia son las dueñas del centro ubicado en calle Mendoza 1447. Ambas dialogaron con Revista Claves.
Aunque inicialmente se enfocaba en niños y adolescentes, la realidad clínica los llevó a expandirse. “Es una patología que afecta a lo largo de toda la vida, a hombres y mujeres por igual. Por eso sumamos profesionales para adultos y abordamos otras problemáticas relacionadas, como la obesidad”, señala Ruggeri.
Diagnóstico y el rol fundamental de la familia
El proceso en Alba comienza con una entrevista de admisión integral. En el caso de los menores, interviene una trabajadora social para realizar un diagnóstico familiar. “Es una instancia de una hora o más donde buscamos el diagnóstico más preciso para asignar el equipo adecuado”, explican las profesionales.
Uno de los mayores desafíos es la percepción familiar. Según Colunga, “hay de todo: familias permeables que entienden la gravedad y otras con mucha resistencia”. Esta dificultad no suele ser falta de voluntad, sino carencia de herramientas para procesar la situación, por lo que el centro trabaja intensamente con todo el entorno del paciente.
Un dato alarmante que destacan desde Alba es el adelantamiento de la edad de inicio de estos trastornos, observándose casos desde los 8 años. Las profesionales coinciden en que la “preadolescencia social” comienza mucho antes debido a la exposición a redes sociales, streaming y mensajes culturales sobre la imagen corporal.
“Un niño de 8 años tiene un cerebro inmaduro que no procesa bien la información. Si escucha constantemente que 'hay que estar flaco' o que 'comer es malo', lo asimila como una norma”, advierte Ruggeri.
Por su parte, Colunga añade que los TCA son patologías multifactoriales: “Las redes suelen ser detonantes, pero debe haber una predisposición. También influye mucho el entorno; familias con 'dietantes crónicos' o una obsesión excesiva por la alimentación saludable pueden generar que un niño desarrolle conductas de riesgo como comer con culpa o restringirse”.
Hacia la recuperación
Los tratamientos en Alba no tienen un tiempo fijo, dada la complejidad de la enfermedad. Aunque existen casos excepcionales de recuperación en un año, el promedio oscila entre el año y medio y los dos años, pudiendo extenderse más en situaciones críticas.
Con un equipo que hoy supera ampliamente a los seis profesionales iniciales, Alba continúa consolidándose como ese espacio de contención y luz para cientos de jóvenes y adultos que buscan sanar su relación con la comida y, fundamentalmente, con ellos mismos.