Bernardino Rivadavia es un afortunado. Entendiendo que, en definitiva, las figuras de nuestra historia son, en el fondo, relatos, construcciones, más o menos acertados según quién los escriba, éste es un personaje que siempre tuvo “buena prensa”. Es difícil atribuirle méritos o actitudes patriotas, sin embargo, su nombre resuena en calles, avenidas, escuelas, bibliotecas, plazas, clubes, cooperativas, instituciones de todo tipo. No debe haber pueblo o ciudad en nuestro país que no recuerde a Rivadavia a través de su nombre impuesto a algo. Demasiado premio, me parece, para alguien que no defendió correctamente los intereses de nuestra patria, que desarmó el ejército de San Martín, a quien además le regateó los fondos para la gesta del cruce de los Andes, que tuvo una mirada europeizante, centralista, porteña… en fin.
Dejemos eso para el revisionismo histórico. Y veamos brevemente en qué consistió el empréstito que solicitara con el Banco Baring Brothers de Londres. Rivadavia era ministro de Gobierno. Martín Rodríguez, Gobernador de Buenos Aires.
Rivadavia pide en 1821, una ley de promoción portuaria, para construir un nuevo puerto en la ciudad. Al año siguiente, se faculta al gobierno para negociar un empréstito de tres o cuatro millones de pesos para, además de la construcción del puerto, fundar tres ciudades sobre la costa y proveer de un sistema de agua corriente para la ciudad de Buenos Aires.
A fines de 1823, se encarga a Rivadavia la negociación para conseguir los fondos en Londres. En el interín, Juan Gregorio de Las Heras asume la gobernación a comienzos de 1824. Y a mediados de ese año, se firma el empréstito, consistente en 2.000 obligaciones de 500 libras cada una, totalizando 1.000.000 de libras esterlinas.
El estado de Buenos Aires se obligaba a pagar en forma semestral, debiendo comenzar con el mismo en enero de 1827 y hasta 1860, es decir 36 años después de su otorgamiento. El dinero llegó hacia fines de aquel 1824, pero se usó para rescatar títulos públicos y ayudar al Banco de Descuentos, que eran medidas de urgencia y coyuntura. Además, la guerra con Brasil, iniciada poco después, se llevaría el resto.
La cesación de pagos fue inevitable. Sólo se pagó durante los primeros años. Mucho más tarde, la Nación -ya constituida como tal- asumiría formalmente la deuda, pero la situación de default se repetía, hasta que recién en 1904 se cancelaría. La deuda había sido refinanciada en tantas oportunidades, que terminamos pagando ocho veces más del monto originalmente recibido.
La pregunta es: si había superávit en aquella época, ¿Por qué tomar deuda externa? Los que fomentaban el crédito -empresarios, políticos- dieron como argumento que convenía traer oro de Inglaterra para respaldar los billetes locales y oxigenar la economía.
Los gestores del empréstito se llevarían 120.000 libras del total del crédito, en concepto de comisión.
Conclusión: la Baring envió lo que quiso -nunca el total-, sus socios sacaban tajada del crédito a cada momento, y con las escasas libras que efectivamente llegaron, nunca se construyó el puerto, ni se fundó pueblo alguno, ni se puso un caño de agua en ningún lado.
A su regreso de Europa, Rivadavia, con lo que quedaba del préstamo, financió un nuevo banco nacional dominado por comerciantes británicos. Pero esa, esa sería otra historia.
Ab. Raúl Costa
Escritor. Co autor del podcast “Siete minutos de historia”
1824, cuando empezamos a endeudarnos
Bernardino Rivadavia es un afortunado. Entendiendo que, en definitiva, las figuras de nuestra historia son, en el fondo, relatos, construcciones, más o menos acertados según quién los escriba, éste es un personaje que siempre tuvo “buena prensa”. Es difícil atribuirle méritos o actitudes patriotas, sin embargo, su nombre resuena en calles, avenidas, escuelas, bibliotecas, plazas, clubes, cooperativas, instituciones de todo tipo. No debe haber pueblo o ciudad en nuestro país que no recuerde a Rivadavia a través de su nombre impuesto a algo. Demasiado premio, me parece, para alguien que no defendió correctamente los intereses de nuestra patria, que desarmó el ejército de San Martín, a quien además le regateó los fondos para la gesta del cruce de los Andes, que tuvo una mirada europeizante, centralista, porteña… en fin.
Dejemos eso para el revisionismo histórico. Y veamos brevemente en qué consistió el empréstito que solicitara con el Banco Baring Brothers de Londres. Rivadavia era ministro de Gobierno. Martín Rodríguez, Gobernador de Buenos Aires.
Rivadavia pide en 1821, una ley de promoción portuaria, para construir un nuevo puerto en la ciudad. Al año siguiente, se faculta al gobierno para negociar un empréstito de tres o cuatro millones de pesos para, además de la construcción del puerto, fundar tres ciudades sobre la costa y proveer de un sistema de agua corriente para la ciudad de Buenos Aires.
A fines de 1823, se encarga a Rivadavia la negociación para conseguir los fondos en Londres. En el interín, Juan Gregorio de Las Heras asume la gobernación a comienzos de 1824. Y a mediados de ese año, se firma el empréstito, consistente en 2.000 obligaciones de 500 libras cada una, totalizando 1.000.000 de libras esterlinas.
El estado de Buenos Aires se obligaba a pagar en forma semestral, debiendo comenzar con el mismo en enero de 1827 y hasta 1860, es decir 36 años después de su otorgamiento. El dinero llegó hacia fines de aquel 1824, pero se usó para rescatar títulos públicos y ayudar al Banco de Descuentos, que eran medidas de urgencia y coyuntura. Además, la guerra con Brasil, iniciada poco después, se llevaría el resto.
La cesación de pagos fue inevitable. Sólo se pagó durante los primeros años. Mucho más tarde, la Nación -ya constituida como tal- asumiría formalmente la deuda, pero la situación de default se repetía, hasta que recién en 1904 se cancelaría. La deuda había sido refinanciada en tantas oportunidades, que terminamos pagando ocho veces más del monto originalmente recibido.
La pregunta es: si había superávit en aquella época, ¿Por qué tomar deuda externa? Los que fomentaban el crédito -empresarios, políticos- dieron como argumento que convenía traer oro de Inglaterra para respaldar los billetes locales y oxigenar la economía.
Los gestores del empréstito se llevarían 120.000 libras del total del crédito, en concepto de comisión.
Conclusión: la Baring envió lo que quiso -nunca el total-, sus socios sacaban tajada del crédito a cada momento, y con las escasas libras que efectivamente llegaron, nunca se construyó el puerto, ni se fundó pueblo alguno, ni se puso un caño de agua en ningún lado.
A su regreso de Europa, Rivadavia, con lo que quedaba del préstamo, financió un nuevo banco nacional dominado por comerciantes británicos. Pero esa, esa sería otra historia.
Ab. Raúl Costa
Escritor. Co autor del podcast “Siete minutos de historia”
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