Entrenar la fuerza
Hoy sabemos que el músculo adquiere una dimensión mucho más relevante de la que históricamente se le ha otorgado. La evidencia científica actual nos impulsa a comprenderlo, valorarlo y entrenarlo como un verdadero pilar de la salud, representando aproximadamente el 50% del peso corporal en adultos y cumpliendo funciones metabólicas, endocrinas y termorreguladoras, además de ser el principal efector del movimiento.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el envejecimiento trae consigo una pérdida gradual de masa muscular (sarcopenia), de fuerza (dinapenia) y de funcionalidad. Este proceso se produce por múltiples factores: fisiológicos —como cambios neuronales, endocrinos y musculares— y también por el estilo de vida, incluyendo la nutrición y el nivel de actividad física.
Desde la perspectiva de la física, la fuerza muscular sería la capacidad de la musculatura para generar la aceleración o deformación de un cuerpo, mantenerlo inmóvil o frenar su desplazamiento.
En el ámbito del deporte se encuentran tantas definiciones de fuerza como autores. Siguiendo el linaje de un gran referente, González-Badillo (1995), define la fuerza como la capacidad de producir tensión en la musculatura al activarse, o como se entiende habitualmente, al contraerse.
Dentro de la sala de entrenamiento tenemos la posibilidad de orientar nuestros esfuerzos hacia el logro de un objetivo, estos pueden ser; aumento de la masa muscular, con fines deportivos, reducción del tejido graso, objetivos estéticos o simplemente entrenar para mejorar la salud.
El entrenamiento no solo es importante, sino necesario. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿qué estamos esperando para mejorar nuestra calidad de vida?
Cuando entrenamos con criterio, respetando los patrones de movimiento y siguiendo una planificación diseñada por profesionales, no solo mejoramos nuestro rendimiento, sino que también construimos una base sólida para prevenir lesiones, movernos mejor en nuestro día a día y potenciar nuestra calidad de vida.
El trabajo de fuerza no es solamente levantar peso, es educar el cuerpo, desarrollar control motor y generar adaptaciones positivas a largo plazo.

Sedentarismo
En contraposición, el sedentarismo se presenta como una de las grandes problemáticas de la sociedad moderna. En toda la historia evolutiva, probablemente nunca el ser humano cubrió sus necesidades con tan poco esfuerzo físico.
Este cambio abrupto y reciente nos obliga a movernos. Sea donde sea, tenemos que movernos. Nuestro genoma ha sido programado para el movimiento, por eso, la inactividad no afecta a un solo órgano, sino a todo el sistema psico-biológico.
Uno de los principales efectos de la inactividad física es la pérdida de masa y fuerza muscular, acompañada de atrofia, menor capacidad metabólica, aumento de la resistencia a la insulina, disminución de la capacidad de respuesta del organismo ante el esfuerzo, menor rendimiento cardiovascular y pérdida de densidad ósea, entre otras consecuencias.
Solución y prevención
Frente a este escenario, el ejercicio físico se posiciona como una verdadera herramienta preventiva: un “medicamento” o incluso una “vacuna” contra muchas de las enfermedades crónicas modernas.
Existe un alto nivel de evidencia que respalda su eficacia, no solo para mejorar la condición física y la calidad de vida en personas sanas, sino también para prevenir, tratar y reducir la sintomatología de diversas patologías.
Existe una responsabilidad profesional de quienes tenemos el conocimiento, de difundir a la comunidad estos aspectos que hacen al cuidado de la salud, pero también debe haber un compromiso individual, un deseo de educarse y adoptar un cambio en el estilo de vida para vivir una vida mejor y hacer entre todos, una comunidad más sana.
Gimnasio Roger