Fertilizante natural
La economía circular propone cambiar la lógica de extracción, producción, consumo y desperdicio por un flujo continuo donde los residuos vuelven como recursos. Esa idea de eliminar desechos y contaminación, mantener productos y materiales en uso y regenerar sistemas naturales suena abstracta hasta que toma forma una antigua casa de calle Santa Fe al 400, en Villa María. Allí Carla Taís, docente de una escuela para niños sordomudos, convirtió una clase que dio en 2016 en Ciclos, un emprendimiento que transforma estiércol de tambo en humus de lombriz californiana y lo vende como fertilizante orgánico bajo la marca Bio Gol.
En Ciclos se produce un fertilizante natural sin químicos que ayuda a recuperar los suelos y le aporta los nutrientes para potenciarlos. Es un renovador de la tierra, vuelve a generar carga biológica. Agrega nitrógeno, fósforo, potasio y carbono.
Carla llegó al compostaje cuando estaba planificando una materia para sus alumnos. Preparaba una actividad sobre reciclado y basura orgánica. Se enteró de la especie de lombrices y consiguió un par para armar una experiencia en bidones de 20 litros y allí se entusiasmó. En las vacaciones continuó en su casa, después se fue ampliando con cajones en el patio, y en una huerta escolar que funcionaba como laboratorio. Un veterinario que visitó la escuela le dio pistas; ella probó con diferentes desechos. El proyecto siguió creciendo y ya pasó a piletones de 40 metros, para lo cual tuvo que alquilar un lote para la producción de más lombrices y más pruebas.
El punto de quiebre llegó en 2023. “Sabía que había que darle una vuelta de rosca”, cuenta. Renunció a su cargo de docente y se dedicó de lleno a la producción. Hoy maneja materia prima constante, pis y desechos que mezcla con cáscara de maní, provistos por un solo campo, lo que le permite controlar el proceso para garantizar calidad. El compostaje inicial lo hace bajo techo, en el mismo tambo en donde también se hace la oxigenación, ajuste de PH y humedad. Luego lo trae a su planta en donde siembra las lombrices, que deja de tres a seis meses para que desarrollen su trabajo biológico. El proceso es simple, la lombriz come el desecho, al pasarlo por el sistema digestivo se genera la fertilización y cuando llega al excretor se logra el producto.
Una vez obtenido, se extrae, se tamiza y luego se hace la transformación de sólido a líquido y es lo que se comercializa. El resultado se presenta en sólido y líquido y se envasa en botellas de 250 cm³ y bidones de 20 litros. La producción mensual que realiza ronda los 8.000-10.000 litros.
La propuesta conecta con un trabajo netamente circular, los desechos vacunos, un problema para los productores, regresan al suelo como nitrógeno, fósforo, potasio y carbono, recuperando carga biológica.
Los canales de venta son muy claros, ella es productora mayorista y vende su fertilizante en viveros de Villa María y la zona. El Golf Club está entre sus clientes, como así también clubes de fútbol y el Sport Social Club. Además, en el supermercado Río se puede encontrar una góndola con su producción. El fertilizante está registrado en SENASA y periódicamente lo somete a estudios en laboratorios. Fue parte de la Incubadora de Empresas de AERCA y la Universidad Nacional de Villa María, el plan es escalar al sector rural; dos productores lo están probando ya en sus campos.
Carla asiste a capacitaciones y se asesora con ingenieros agrónomos. Mide impacto en la continuidad de plazas y canchas porque asegura que se fortalecen las plantas, lo que genera menos recambio. Su historia muestra cómo un paradigma global de una economía circular como marco para trabajar en el cambio climático y biodiversidad se traduce en trabajo local que lleva adelante una docente apasionada por lo que hace. Su producto nace de basura y vuelve a la tierra, cerrando el ciclo de la circularidad.
