Dispuestos a dejarse sorprender

Dispuestos a dejarse sorprender

Cuando compré el paquete de viaje, las Maldivas no eran un destino que hubiera elegido de manera deliberada. Venían incluidas en el itinerario y me parecieron la mejor forma de cerrar unos días más movidos con un descanso en un lugar del que todos hablan maravillas. Sabía que era hermoso, pero no imaginaba cuánto me iba a sorprender: no solo por sus paisajes, sino también por su cultura, la amabilidad de su gente y la variedad de experiencias que ofrece.

Apenas llegamos, el aeropuerto ya me impresionó por lo moderno y ordenado que es. Desde allí tomamos una lancha hacia la isla donde nos hospedaríamos. Durante el trayecto fuimos pasando por distintas islas: algunas tan pequeñas que pertenecen a un solo hotel y otras que no son más que bancos de arena. Maldivas tiene más de mil islas y solo unas 120 están habitadas. La variedad de paisajes y colores es impactante: el agua cambia de tonalidad según la profundidad y parece iluminada desde abajo.

Nos hospedamos en dos islas. La primera fue un resort de la cadena Cinnamon, donde dormimos en un bungalow sobre el mar. Llegar al muelle y ver desde arriba los peces y los distintos tonos del agua fue una escena inolvidable. La arena es tan blanca y fina que parece harina, algo que contribuye a que el sol sea mucho más fuerte que en otros destinos. Nos recomendaron usar protector cada hora y media, incluso debajo de la sombrilla, porque la claridad del agua y la arena refleja muchísimo.

Nuestra rutina en ese bungalow era de una tranquilidad absoluta: desayunar mirando el mar, disfrutar del lado de la isla donde el agua parecía una piscina natural y descansar en el deck privado con bajada directa al mar. Desde allí podía hacer esnórquel sin necesidad de excursiones, y eso ya marcó para mí una enorme diferencia respecto de otros destinos de playa.

La segunda isla fue Maafushi, que es más grande y tiene vida local. Allí pude conocer mejor la cultura maldiva. Ellos son musulmanes y, aunque están muy acostumbrados al turismo, mantienen reglas claras: no todas las playas permiten bikini, y en algunos sectores se exige malla enteriza o incluso ropa hasta entrar al agua. También está prohibido el consumo de alcohol, por lo que crearon un barco–bar en aguas internacionales al que se llega en lancha. Es un detalle que muestra cómo combinan tradición con la necesidad de adaptarse al visitante.

En cuanto a actividades, Maldivas es un paraíso para quienes disfrutan del esnórquel. No se necesita experiencia previa ni equipamiento especial para ver tortugas, tiburones, peces de todos los colores y corales muy cerca de la superficie. Con solo caminar unos metros hacia el mar ya te encontrás con un mundo submarino impresionante. Hice una excursión en una zona llamada Nordi para nadar con tiburones, una experiencia intensa y única. No sé si la repetiría porque genera mucha adrenalina, pero la recomiendo para quien se anime, porque es realmente inolvidable.

También probamos parasailing, paseos en lanchas tipo motos acuáticas, excursiones de esnórquel en distintos puntos y visitas a otros resorts por el día. Algo que valoré mucho fue la sinceridad de los guías: aunque los folletos mencionaban delfines, nos aclararon que dependía del azar, y efectivamente no vimos ninguno. Esa transparencia no siempre es común en destinos tan turísticos.

Aunque suele asociarse Maldivas con viajes en pareja, yo fui con mi mamá y nuestra experiencia fue excelente. El destino es perfecto tanto para quienes buscan romanticismo como para quienes quieren relajarse o hacer actividades. La gente es extremadamente amable y en ambos hoteles nos hicieron sentir muy bien.

Volví encantada con este destino: sus aguas cristalinas, su cultura, la calidez de su gente y la posibilidad de combinar descanso con actividades únicas. Maldivas es un lugar para disfrutar en pareja, con amigos, en familia o incluso solo. Lo único que se necesita es estar dispuesto a dejarse sorprender por un entorno que, por momentos, parece irreal de tan perfecto.

Por Rut Moscariello

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