Oportunidades globales

Oportunidades globales

El sector que innovó a pesar de todo

La adopción tecnológica disciplinada es una buena práctica: en la mayoría de los casos, resulta mucho más barata que innovar sin método. La brecha entre el rinde actual de la soja -cerca de 3,2 t/ha- y su potencial técnico, que supera las 5 t/has, vale unos U$S 187 por hectárea; solo el 20% de los productores hace análisis de suelo sistemático (UNR/Aapresid). Según INTA Manfredi, en maíz, una primera labor mal ejecutada puede costar hasta 1.800 kilos por hectárea en un solo paso, y esa pérdida se capitaliza: mala implantación, más maleza, más herbicida, suelo deprimido, menos rinde al ciclo siguiente. Es el interés compuesto, pero de la pérdida: en cada 250 hectáreas de maíz promedio, lo evitable equivale a una camioneta de alta gama tirada al campo por año.

No todo hay que inventarlo acá: la genética de élite, la IA y la infraestructura satelital son inversiones de escala continental donde Argentina no compite; ahí lo correcto es adoptar rápido y exigir calidad. El esfuerzo propio debe concentrarse donde sí hay ventaja difícil de copiar: el dato propietario, la confianza de la última milla, la solución que integra el ciclo completo en vez de vender una alerta suelta.

Las reglas importan: el largo camino desde la expoliación hacia la viabilidad
El sector soporta un lastre de larga data. El Estado se lleva una porción extraordinaria de la renta agrícola vía retenciones -la soja llegó al 33% hasta mediados de 2025- sin ofrecer condiciones institucionales que protejan la inversión de largo plazo. El sistema se protege como puede para lograr la supervivencia, inclusive declinando la compra de semillas certificadas a manos de su propia provisión, lo cual genera inclumplimientos de propiedad intelectual que demoran la llegada de nuevas tecnologías. Es crucial una nueva Ley de Semillas, pero si no bajamos la presión fiscal, los números no cierran.

La dirección cambió y esperemos que se mantenga: desde 2024 el Gobierno redujo los derechos de exportación en forma sucesiva y con el objetivo declarado de eliminarlos por completo cuando el equilibrio fiscal lo permita. Un informe de la Universidad Austral y el IAE (mar. 2026) proyecta que esa eliminación total podría impulsar la producción un 90% en diez años y llevar al sector al 45% del PBI.

El eslabón que falta: universidades y la triple hélice
Ningún ecosistema productivo mejora su calidad sin que Estado, Empresa y Academia funcionen en sincronía. La buena noticia es que en el agro las tres patas existen: el INTA genera conocimiento de nivel mundial; CREA articula la adopción tecnológica en red, de productor a productor, y es hoy el actor más influyente en ese proceso; Aapresid suma su propia red de difusión; y las universidades forman profesionales con base técnica sólida.

El gran desafío que tenemos por delante es logar profesionales que no solo manejen las cuestiones técnicas del lote, sino que puedan desempeñarse con solvencia en el campo de datos, análisis de precios, regulaciones, etc.

La plataforma que el mundo todavía no descubrió
Argentina tiene dos activos que el dinero no compra. El primero es la Contraestación: cuando el hemisferio norte termina su campaña, la nuestra empieza, lo que vuelve a la pampa húmeda el único laboratorio agrícola que permite innovar todo el año, combinando escala, agronomía de clase mundial y acceso portuario eficiente. El segundo es la Escala Regional: Sudamérica tiene diez veces la superficie agrícola de Argentina, con cultivos y climas similares, así que una solución validada en lotes pampeanos es un libreto exportable a Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia con poca adaptación.

Eso es una oportunidad para empresas globales que hoy ven a Argentina como proveedora de granos, cuando deberían verla como la mejor plataforma del hemisferio sur para validar tecnología agrícola y escalar hacia un mercado regional de escala continental. Las que lo entiendan antes se llevarán una ventaja de cinco años. La agenda es concreta: modernizar la Ley de Semillas, mejorar la infraestructura que abarata el flete, y bajar la presión fiscal que hoy desalienta la inversión de largo plazo. El techo de este sector no es agronómico: es de decisión. Y la primera decisión pendiente es dejar de tirar el valor que Argentina ya produce.

Álvaro Fernández · EFyA Advisoring

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