23-10-2026
El costo cultural del progreso
En las últimas semanas comenzó a circular una noticia que expone una de las contradicciones menos visibles del desarrollo de la inteligencia artificial: empresas vinculadas al sector estarían comprando grandes cantidades de libros usados para digitalizarlos mediante procedimientos destructivos.
El proceso consiste en cortar el lomo de cada ejemplar, separar sus páginas y escanearlas de manera industrial. El contenido se convierte en texto digital, pero el libro deja de existir como objeto: ya no podrá volver a leerse, prestarse, heredarse ni ocupar un lugar en una biblioteca.
La práctica busca obtener grandes volúmenes de información para entrenar modelos de inteligencia artificial. Los libros, especialmente aquellos publicados antes de la expansión del contenido generado por máquinas, contienen un material cada vez más valioso: conocimiento y lenguaje producidos por personas.
En sus páginas conviven investigaciones, experiencias, estilos narrativos, saberes especializados, errores y formas de interpretar el mundo que muchas veces no están disponibles en internet. Para que los sistemas puedan escribir, resumir, responder preguntas y generar nuevos contenidos, necesitan aprender de esa producción humana.
La paradoja resulta difícil de ignorar: algunas organizaciones están dañando objetos que preservaron nuestra cultura para construir tecnologías capaces de reproducirla.
Sin embargo, responsabilizar únicamente a la inteligencia artificial sería equivocado. La IA no compra libros, no selecciona qué ejemplares destruir ni define qué límites son aceptables. Tampoco comprende el valor de una dedicatoria, una anotación en el margen, una edición escasa o la historia de una biblioteca.
Esas decisiones pertenecen a personas, empresas, inversores y equipos técnicos. Son ellos quienes determinan si un libro será tratado como patrimonio cultural o solamente como una fuente de datos.
La digitalización, por sí misma, no representa una amenaza. Bibliotecas, universidades y archivos la utilizan desde hace décadas para conservar materiales frágiles, ampliar el acceso al conocimiento y evitar la desaparición de ciertas obras. En muchos casos, la tecnología es una aliada de la memoria.
El problema aparece cuando la velocidad, la escala y la rentabilidad desplazan al criterio. No es lo mismo destruir un ejemplar repetido y deteriorado que intervenir una edición descatalogada, una obra poco frecuente o un libro con valor histórico. Tampoco es equivalente digitalizar para garantizar el acceso público que hacerlo para desarrollar productos privados, sin una discusión suficiente sobre derechos de autor, compensaciones y conservación.
Aquí me gustaría redirigir el debate, por que en este escenario es lógico pensar en “culpar a la interligencia artificial” pero ¿es así realmente? ¿o somos nosotros, los humanos, quienes permitimos, creamos y habilitamos estas ideas?
El debate, por lo tanto, no debería reducirse a estar a favor o en contra de la inteligencia artificial. La verdadera discusión es cómo queremos desarrollarla, qué materiales estamos dispuestos a utilizar y bajo qué reglas.
Cada avance tecnológico refleja las prioridades de quienes lo impulsan. Puede construirse con responsabilidad, transparencia y acuerdos, o avanzar bajo la premisa de que todo aquello que puede utilizarse debe ser utilizado.
Durante años se afirmó que la tecnología es una herramienta. La definición es correcta, pero insuficiente. Ninguna herramienta es neutral cuando su aplicación está atravesada por decisiones económicas, políticas y culturales.
Un martillo no decide qué construir ni qué destruir. Lo decide la mano que lo sostiene.
Por eso, frente a esta práctica, la pregunta más importante que les propongo hacernos es dejar de culpar a un otro, hoy la inteligencia artificial, sino recapacitar sobre qué tipo de personas y organizaciones estamos siendo mientras la construimos.
La inteligencia artificial llegó para quedarse, pero el futuro no debería exigir la destrucción del pasado. Debería permitirnos aprender de él, preservarlo y transformarlo con criterio. El riesgo no es que la tecnologia y los modelos dejen de lado al humano, sino que las personas, fascinadas por avanzar más rápido y sin pensar en los propios limites, olviden actuar con humanidad.
Paula Toselli
Ing. En Sistemas de Informacion | Diplomada en IA
Consultora y estratega de Inteligencia Artificial