El camino hacia 2027

El camino hacia 2027

El ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, dijo que 2026 será un año “espectacular”. Proyectó un crecimiento económico entre el 4 y el 8%. Y además confirmó que el gobierno busca equiparar la inflación internacional con la nacional (en torno al 5%, aunque el Presupuesto habla de 10%). Tres definiciones hiper optimistas, tal vez en el momento de mayor popularidad del Gobierno nacional.

Las elecciones de octubre cambiaron las expectativas hacia adelante, relegando el pesimismo de meses atrás. Tras la derrota en septiembre en la provincia de Buenos Aires, el gobierno de Milei se encontró acorralado políticamente. Sumado a fuertes manifestaciones en las calles y casos de corrupción en fila, pero las elecciones legislativas enterraron cualquier intento de debilitar a la administración libertaria. Lo rescató la gente. Salió más fortalecido que nunca a partir de una victoria contundente en la mayoría de los distritos del país. Los nubarrones negros se despejaron y salió el sol. Ni el mismísimo gobierno se creía semejante logro en las urnas. 

El mensaje de los electores fue claro: “les renovamos la confianza por dos años más, pero queremos vivir mejor”. Se rechazó cualquier intento de vuelta del kirchnerismo o afines. Del propio gobierno depende la continuidad del proyecto libertario. Y allí radican las expectativas elevadas que anunció Caputo: la gente quiere datos, números, que alimenten esas expectativas de mejoras en el próximo año. De ilusiones vive el hombre.

No obstante, la praxis política es contundente: el resultado de las legislativas no supone una victoria asegurada dos años después en las presidenciales. La población no entrega cheques en blanco. Sí a fecha.

En 2009, Francisco de Narváez le ganó a Néstor Kirchner y se anunció el fin del kirchnerismo, pero en 2011 Cristina Fernández alcanzó el récord del 54% en primera vuelta. Allí la oposición fracasó, la gente no confió en esa alternativa. Más tarde, en 2017, Mauricio Macri triunfó en las legislativas, incluso con una victoria ante la mismísima Cristina Fernández en la provincia de Buenos Aires, y luego, en 2019, perdió ante la dupla Fernández-Fernández de manera rotunda.

En efecto, ninguna elección es igual a otra. Los tiempos cambian a gran velocidad. Y cualquier intento de sentarse en los laureles lleva al fracaso seguro. El Gobierno tiene que demostrar que esa confianza depositada por la ciudadanía se debe traducir en resultados. Y, en Argentina, resultados son sinónimos de baja de la inflación y mejora de los ingresos. En busca de ese camino se toman cientos de estrategias o decisiones políticas.

Las dos tienen que ser consistentes: Menem en 1999 llegó con deflación, empero la población tenía los ingresos por el piso luego de una década de apertura indiscriminada y cierre de miles de fábricas. En 2015, Cristina mostraba datos del crecimiento económico a lo largo de 12 años, aunque la inflación se comía el salario de la gente. Ambos proyectos, además, persistían en la continuidad eterna de sus referentes. Argentina es un país democrático, que no acepta ni aceptará proyectos hegemónicos más allá de los éxitos o fracasos de la economía. Con el voto, los argentinos dicen sí o no. Cualquier intento de perpetuidad es caer en saco roto.

El presidente Javier Milei mostró en sus dos primeros años un tono confrontativo al máximo, peleando por redes sociales con cualquiera que lanzara una opinión contraria a su mirada política y económica. Parece haber “bajado un cambio” en estos meses.

Argentina necesita de consensos y diálogo. Y el Congreso Nacional es el ámbito adecuado. El oficialismo construyó una mayoría sólida que lo dejó con la primera minoría en Diputados. No así en Senadores. Teje alianzas con gobernadores. Debe ser permeable a cambios para acordar las leyes más calientes. En un país democrático la imposición no es buena idea. Con apertura y federalismo, más una economía en alza, como dice Milei y Caputo para 2026, la alfombra roja para 2027 se deslizará sola hacia el Sillón de Rivadavia.

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