El mundo de Trump

El mundo de Trump

Vivimos un momento muy delicado en el mundo. Los líderes de la Guerra Fría han muerto. Buena parte de ellos y sus asesores, eran especialistas, cultos, refinados, visionarios, aún con sus equivocaciones, pero sabían tratar con los demás, sobre todo, culturas ajenas. Tampoco como comunidad internacional, aprovechamos el buen momento del fin del conflicto nuclear entre Estados Unidos y la fenecida URSS, para soñar y practicar un mundo más pacífico, no sólo globalizado, generando los anticuerpos necesarios para evitar momentos de absoluta incertidumbre como éste que actualmente vivimos. Por último, dejamos librado al capitalismo para que procese por sí mismo sus reacomodamientos, sus tensiones, sus internas -por ejemplo, entre banqueros y tecnólogos- sin ninguna red de contención ni previsión política. Los cambios continuaron de manera incesante: las crisis financieras, las migraciones, el cambio climático, la transición energética, la desigualdad social, pero claro, el avión permaneció sin piloto -humano-.

Así, no tardó en llegar un Donald Trump, al poder de la máxima magistratura norteamericana. Porque era lógico que, dado el concubinato entre aportes privados y campañas políticas, el peso creciente de los “lobbies” como el religioso y el tecnomediático, más la mediocridad de sus competidores, la república federal más antigua ungiera a alguien que pudiera comprar la Presidencia como si fuera un “real estate”.

Hoy, en su segundo mandato, tras haber vivido un primero, bloqueado por ciertas restricciones judiciales y legales más “moderadas” en su gabinete, volvió “recargado”, dispuesto a todo y contra todos. Sin escrúpulos, sin el más mínimo freno institucional más que sus “executive orders”, casi hasta de modo sádico, fue eligiendo uno y otro lugar del mundo, para descargar su furia, sobre todo, a partir del rechazo de Oslo a su pretensión megalómana de un Premio Nobel de la Paz. Ucrania, con un “proceso de paz” en ciernes durante todo 2025, que culmina con el intento de asesinato a Putin, mientras hablaba por teléfono con el líder ruso. Venezuela, empezando el nuevo año, con el secuestro ilegal a su Presidente, cualquiera sea nuestra valoración acerca del líder de Miraflores, armando la causa de un cartel narcotraficante inexistente. Irán, a la que le armó vía la nuevamente todopoderosa CIA, protestas para intentar provocarla y atacarla, disconforme con los ineficaces bombardeos de junio pasado. Groenlandia, motivando un conflicto absurdo con casi toda Europa, insistiendo en revisar su historia e intentar “comprarla”. Y la lista sigue: Cuba, Taiwán, México, Colombia, Brasil, Nigeria y hasta Canadá. Porque para Trump, juzgado como un narcisista patológico, por su sobrina Mary -psicóloga- no hay límites, pero tampoco líderes coherentes y valientes que lo enfrenten. 

Ahora bien, el gran interrogante es si el trumpismo es ¿un síntoma de cambio o rejuvenecimiento estructural para la superpotencia o, por el contrario, un síntoma de su evidente declive? Por lo visto, por la crisis de los migrantes latinos y el grado de polarización política y social que vive el país en su interior, Estados Unidos, mientras su presidente se cree con derecho “gangsteril” a forzar guerras aquí y allá, vive un estado de preguerra civil. Tal vez, sea ése y no otro el límite que sólo podrá entender Donald Trump.

Los asesinatos de dos ciudadanos blancos, preocupados y ocupados de su comunidad en Minneapolis, Renee Good y Alex Pretti, a manos de una milicia de improvisados y sectarios, bajo el paraguas de “ICE” -agencia federal antiinmigratoria-, bajo la dirección de la autopercibida “cowboy del siglo XXI- Kristi Noem, revela más debilidad que fortaleza estatal. 

Aun así, el mundo puede tener una nueva oportunidad para generar nuevos líderes y crear otra institucionalidad internacional que evite la interrupción del largo ciclo de paz y prosperidad que vivimos después de 1945. Que claramente, a pesar de lo que piense el dueño de la Casa Blanca, no se debe sólo a Estados Unidos. 

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