El desprecio por los votos

 Martín Gill no volverá a la intendencia de Villa María. El plazo de seis meses otorgado por el Concejo Deliberante (en cuatro oportunidades) es un mero eufemismo para no blanquear la verdadera decisión tomada allá por diciembre de 2019, apenas 20 días después de asumir su segundo mandato.

  Gill continuará como secretario de Obras Públicas de la Nación hasta 2023, es decir, hasta el último día de gestión de Alberto Fernández. Para ello recurre a una eterna licencia bajo argumentaciones ya sin sentido en lo jurídico y en lo político. Gill no tiene intenciones de cumplir el mandato conferido por el pueblo villamariense aquel 23 de junio de 2019, lo demostró una vez más esta semana y lo repetirá en otras cuatro ocasiones. Desprecia la voluntad popular, desconoce la confianza otorgada por la mayoría de la ciudadanía (54%) y además la priva de tener un intendente elegido por la fuerza de los votos.

 Pero no es solo una decisión de Gill. La avalan sus concejales y también el accastellismo. Todos son responsables del descalabro institucional que atraviesa la ciudad. Desde el espacio Somos dijeron semanas atrás que Gill volvería a la intendencia y así se evitaría votar una cuarta licencia. Lo dijo su presidenta Verónica Navarro. Aún no se entiende semejante aseveración cuando todo el arco político local, inclusive los accastellistas, saben y reconocen que Gill no regresará al Sillón de Viñas. Los ediles Daniel López y Juan Carlos Cladera solo levantaron la mano, no tenían nada que argumentar en la sesión del jueves en el Concejo Deliberante. Ya se los había expuesto demasiado. Además, dejaron en claro que la decisión de avalar la licencia los excedía, que no la comparten, aunque tienen que cumplir con las órdenes de Eduardo Accastello y Juan Schiaretti.

 Resulta insólito que la oposición política local, representada en el bloque Vamos Villa María, le exija al intendente en uso de licencia Martín Gill que re-asuma y cumpla el mandato. Sí, la oposición le pide que “tome las riendas de la ciudad”. El oficialismo, en cambio, elabora estrategias jurídicas y políticas cada vez menos sólidas para sostener su ausencia. Es el mundo del revés. La oposición que perdió las elecciones con Gill en 2019, es la misma que le implora que vuelva. Mientras que los ganadores de los comicios municipales continúan avalando la licencia, y por ende, la no asunción en el cargo. Difícil de explicar, pero es real.

 La otra opción es la renuncia de Gill. Lo establece la Carta Orgánica Municipal (COM) en el Artículo 125. Allí la ciudadanía podría elegir al sucesor hasta 2023. Pero el oficialismo jamás convocará a elecciones. Sabe que la enorme mayoría rechaza la licencia y en las urnas podría sufrir un duro revés.

 Los dirigentes confían en revertir la imagen con obras públicas. ¿Alcanza con eso? ¿Quién sería el candidato? ¿Cómo pedirle confianza a la ciudadanía si el próximo intendente, bajo la experiencia anterior y con los mismos argumentos, puede asumir y pedir licencia cada seis meses? El precedente interpretativo del Artículo 124, en el aspecto jurídico, le permitirá a cualquier intendente electo, de cualquier signo político, tomar la misma decisión y ocupar otro cargo en Provincia y Nación.

 El concejal Luis Caronni aseguró que no hay ninguna Carta Orgánica “que le permita no ejercer nunca el cargo” al intendente electo, y tal vez fue la reflexión más solida vertida en la última sesión, sin tecnicismo, pero con sentido común. Ganar para no asumir. El mundo del revés. El oficialismo se va quedando sin argumentos con el paso de los meses y la evocación de una lluvia de obras públicas le permite esgrimir en palabras una expectativa de futuro mejor. Solo eso. Ni respaldo de funcionarios o militantes tuvieron los concejales. Se quedaron solos para levantar la mano. Todo un signo de época.

Martin Alexis Alanis.

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