Un Gobierno a todo o nada

Un Gobierno a todo o nada

Sin más tiempo, el gobierno del Frente de Todos inició una etapa crucial en su futuro inmediato: o consigue resultados y logra robustecer su proyecto reeleccionista 2023; o naufraga en un nuevo fracaso (acelerado tras la pérdida de las Paso en agosto del año pasado) y su futuro electoral ingresará en aguas turbulentas. La esperanza final, la última bala, se llama Sergio Tomás Massa.

El superministro de Economía, Desarrollo Productivo y Agricultura cambió las “expectativas”, ese concepto fundamental en economía, que permite imaginar un porvenir mejor pese a las penurias del presente. También generó entre los actores económicos mayor “confianza”, otro concepto económico y político, esencial para enfrentar tiempos difíciles y enredados. Las personas por sí solas no cambian el curso de la historia, pero ningún proceso político puede pensarse sin líderes que encabecen la marcha hacia un estadio mejor. A veces funciona, otras no.

Massa enfrenta demandas en todos los frentes, que en algunos casos entran en tensión unos con otros. El sector rural pide baja de retenciones y un dólar competitivo para exportar; los industriales baja de impuestos y libre importación para no frenar la cadena productiva; los trabajadores exigen reapertura de paritarias para recuperar poder adquisitivo; los jubilados imploran por mejoras en sus haberes; los gobernadores e intendentes no quieren frenar la obra pública a escasos meses del año electoral.

Los movimientos sociales impulsan un ingreso básico universal; el Fondo Monetario Internacional (FMI) quiere recuperar los 44 mil millones de dólares que le prestó a Macri; los estudiantes y el mundo científico reclaman más presupuesto para elevar la calidad educativa; y el conjunto de la sociedad demanda que se detenga la exorbitante inflación. ¿Podrá Massa atender todos los requerimientos? ¿La ancha avenida del medio, ahora en economía, implica encontrar consensos sostenibles y posibles en el tiempo o las tensiones permanentes de la sociedad inevitablemente derivarán en conflictos sociales?

El gobierno del Frente de Todos encontró en las diferencias políticas entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner una pared infranqueable para avanzar en acuerdos internos, que tuvo efectos devastadores en la macroeconomía y también en la microeconomía. Todo implosionó con la salida de Martín Guzmán y la crisis se profundizó en las semanas subsiguientes, con una ministra (Silvina Batakis) que no generó confianza y un dólar que voló por los aires. La calma llegó con Massa. Pero antes, con el acuerdo político del Presidente y la vicepresidenta, que hablaron luego de meses sin cruzar llamados. El tercer socio mayoritario del Frente de Todos alumbró como el “salvador” para que no se rompa el espacio y en paralelo cambió las expectativas de una sociedad habida de encontrar algo por lo cual creer.

Tal vez, la exagerada expectativa por el nombramiento de Sergio Massa en Economía estuvo ligada directamente a la decepción que generó el gobierno en el último tiempo. La expectativa de cambio de 2019 se derrumbó en 2021 por los malos resultados económicos (pandemia de por medio) y solo la incorporación de un dirigente con volumen político en la primera línea de gestión podía revertir la degradada imagen gubernamental. Si Massa mejora la economía en los próximos meses, no solo habrá cambiado la percepción de la sociedad sobre el Gobierno, sino que automáticamente se calzará el traje de candidato a presidente.

El albertismo naufragó, quedó fuera de juego; el kirchnerismo no logra avanzar en consensos políticos más allá de sus fronteras; y solo el massismo puede lograr esa apertura y diálogo con sectores diferentes del núcleo duro oficialista. Es la última carta. Después de Massa no hay más nada. Tiene un año (en agosto son las Paso). Tiempo suficiente para cambiar el curso de la historia. No hay más cheques en blanco. Caso contrario, la suerte del oficialismo estará echada.

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